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Historia

El antiguo Oriente Medio (II)

El antiguo Oriente Medio (II)

Los primeros pueblos a caballo

martes 02 de octubre de 2018, 12:22h
En todo el Oriente Medio, excepto entre los escitas, el caballo enganchado precede al montado y su utilización en la guerra se arraiga en estos pueblos. Leer más…

El arqueólogo Sir Leonard Wolley halló dos tumbas del Cementerio Real de la primera dinastía de Ur (3000 a 2350 a. C.) con los restos de dos carros de cuatro ruedas tirados por tres bueyes. Las riendas eran de abalorios de lapislázuli y pasaban a través de aros de plata adornados con estatuas de bueyes. En la segunda tumba, similar a la tumba del rey, aunque ya había sido saqueada en la antigüedad, encontró uncidos al carro dos bueyes cuyas riendas pasaban por un aro de plata adornado con un asno y, finalmente, moldeado en electro.

Las fuentes literarias nos informan de la figura de Narmasis, al que se recuerda de forma especial como un rey desventurado, dado que se le hace responsable de la caída de Agadé. Así, sus representaciones le dan aspecto de meditación, vestido de arpillera y con sus carros de guerra y navíos abandonados.

En todo el Oriente Medio, excepto entre los escitas, el caballo enganchado precede al montado y su utilización en la guerra se arraiga en estos pueblos.

Entre los años 1782 al 1759 a. C. en Mari, Zimrilim, hijo de uno de los ex reyes de las dinastías asirias en plena decadencia (de él contamos con datos gracias a los archivos de cartas e informes de la corte de Hammurabi 1792-1750), parece ser que, como era costumbre, intercambió regularmente cartas y obsequios con otros gobernantes como demostración de amistad cuya interrupción equivalía a una ruptura de relaciones y, en ocasiones, incluso a la guerra. Funcionarios locales eran los responsables de que dichos mensajeros llegaran sin demora ante el rey. Se han encontrado cartas de recriminación de estos funcionarios por entretener a dichos mensajeros. En una de estas cartas se insta a Zimrilim que en su viaje no monte a caballo, dado que este era considerado un animal salvaje. El "caballo domesticado" en sumerio era todavía el "asno extranjero" y había sido introducido hacía tan solo unos siglos, por lo que no eran animales de preferencia para los reyes, considerándose su monta como una costumbre indigna: "Que mi señor conserve su dignidad real. Que mi señor no monte a un caballo, sino que viaje en un carro con mulas" (Archivos reales de Mari, VI, p. 76; Prower, M.S., The domestication and exploitation of plants and animals, Londres, 1969; también en S. Bökönyi, "An early representation of domesticated horse in North Mesopotamia", Summer, 28, 1972, pp.35-38).

Relieve del palacio de Kalhu. Representa a jinetes de caballería cabalgando en parejas: uno conducía a los caballos y el otro usaba el arco (Siglo IX a.C)

En la destrucción de Mari, durante el reinado de Zimri-lim, los ejércitos rivales luchaban entre sí con frecuencia; los asedios eran algo común y se mencionan ejércitos con 10 o 20 mil hombres. Los carros de caballos dominaron en las campañas de los siguientes milenios. En las tablillas de Mari hay referencias ocasionales a caballos en textos escritos antes del 2000 a. C., pero no se convirtieron en animales dignos hasta unos siglos después. Al principio, se les daban los mismos tratos que a los asnos: se les uncía y controlaban por anillos nasales; sin embargo, el desarrollo del bocado, un poco antes del 1700 a. C., así como la introducción de las ruedas radiales ligeras y sólidas hicieron de los carros de caballos una formidable arma de guerra.

El caballo montado

Los asirios fueron, en gran parte, los inventores de otros nuevos instrumentos de guerra, desarrollando de este modo el empleo de la caballería como cuerpo del ejército; este consistía en jinetes arqueros y lanceros que resultaron tan eficaces entonces como lo fue el carro en sus albores. Otros artilugios ingeniosos de los asirios fueron carros con ruedas armados con un gran espolón metálico o un ariete movible y propulsado desde dentro por soldados que derrumbaba puertas y murallas fortificadas. Esta máquina rodante llevaba los laterales revestidos de pieles para proteger a su dotación de la torre (arqueros y lanzadores de jabalinas), zapadores para dirigir el ariete y gran número de soldados para impulsar hacia el ataque.

El asno fue un animal de gran importancia económica y el caballo siguió sin difundirse y utilizarse más que a partir de le época Cassita (1570-1157) representando un importante papel socioeconómico dado que se articuló toda una industria en torno a las distintas aplicaciones equinas. Por otra parte, aunque se conoce muy poco de la lengua de los Cassitas se ha encontrado un vocabulario cassita-babilónico con 48 palabras y entre ellas se han encontrado términos técnicos relacionados con el caballo.

Ya en el primer milenio antes de nuestra Era, la caballería adquirió gran importancia entre estos pueblos, sobre todo en las campañas en terrenos montañosos. Pero esta innovación suponía que los caballos tenían que ser criados y adiestrados para soportar a un hombre armado y, como no iban tan armados como los de los carros, con sus arcos y lanzas eran mucho más maniobrables y rápidos. En tiempos de Ashshurballit (1365) y del poderío militar de Mitanni (o Hurritas) y de los cassitas, estos habían desarrollado sus habilidades en el arte de montar a caballo y en las tácticas militares con el carro de dos ruedas con tracción equina, elemento que más adelante los asirios utilizarían con gran eficacia. No obstante, Joan Oates, en su libro sobre estas civilizaciones nos recuerda: "...se conservan manuales hurritas sobre el adiestramiento de caballos y carreras con estos animales. En los manuales aparecen unos cuantos términos técnicos que tienen formas indoeuropeas afines, lo que tal vez refleja el espíritu oriental del pequeño caballo asiático y de Mitanni" (Joan Oates, Babilonia, p. 123).

Cabeza de caballo en plata dorada de la región de Kairmán. Los sasánidas eran extraordinarios jinetes y se complacían en la representación de los caballos. Los motivos de su producción de orfebrería y platería, importante y refinada, fue imitada por los artistas bizantinos, coptos y romanos. Siglo IV. Museo del Louvre (París)

La arqueología y las excavaciones nos revelan el aspecto del caballo asirio -símbolo ya de la potencia y de la nobleza- empleado para la caza y la guerra. Parece ser que los asirios se destacaron de forma excepcional tanto en su empleo como en el modo de cuidarlos. La adquisición de caballos fue una de las prioridades del ejército asirio mientras que, por otra parte, las mulas eran ya apreciadas como animales de carga.

Tras la muerte del último rey cassita, apareció la primera dinastía nativa en Babilonia cuyo monarca más importante fue Nabucodonosor (1125-1104). En una inscripción de la época, hallada en una piedra de caliza blanca de unos 56 centímetros, que se conserva en el Museo Británico, aparece relatada la penosa marcha del ejército sobre Susa, en la batalla contra Elam, al atravesar el desierto en pleno verano. En la larga inscripción, Nabucodonosor I expresa los privilegios que otorga a Lakti-Marduk, capitán de los carros del flanco derecho en la victoriosa batalla contra Elam: tras los símbolos mágicos que protegían a estos hombres. En el cuarto registro se representan las deidades cassitas, entre las que se encuentra el caballo, en cuyo santuario se encuentra la diosa cassita de la equitación.

En el siglo IX a. C. los soldados de caballería ya montados sobre los caballos cabalgaban en parejas, de modo que mientras que uno controlaba los dos caballos, el otro estaba disponible para utilizar las armas.
Entre el 883 y 859 a. C. Kalm fue la nueva capital de Asurnasirpal II. Los arqueólogos han encontrado en los muros del patio del palacio y en el amplio salón del trono, que se encontraba detrás del mismo, decoraciones en paneles de piedra labrados. Este tipo de decoración es originaria de la zona occidental del reino hitita apareciendo en las puertas de Hattusa.

Otros reinos vecinos

En la historia de la consolidación y expansión del imperio asirio entró en juego la civilización de los Urartu, antiguo reino de los siglos IX y VII a. C., instalado en el área montañosa del Lago Van. Las investigaciones de las ciudadelas y tumbas de Urartu han demostrado que sus habitantes eran prolíficos artesanos del metal. En las excavaciones de Urartu se han encontrado joyas personales y arreos de caballos y carros. La riqueza de esta civilización se basaba en la agricultura, el cultivo de cereales, los huertos y en la cría de ganado, especialmente de caballos. En el norte, el poderoso reino de Urartu se oponía a los designios asirios, pero las cadenas montañosas que rodeaban a esta civilización la hacían prácticamente inaccesible. En el 716 a. C. el rey de Urartu efectuó cambios de mando entre sus vasallos, pero Sargón consideraba a Mannea bajo la influencia asiria puesto que era su fuente de caballos. Rusa I, rey de los Urartu ocupó 22 fortalezas de Mannea y el mismo Sargón, en el 714, se dirigió hacia Mannea produciéndose un enfrentamiento entre ambos ejércitos, pero Sargón obtuvo la victoria y Rusa I se replegó hacia el norte, iniciándose un periodo de tregua.

Detalle de las puertas de bronce de Ingur-Bel. Formaban parte del templo de Mamu (el dios de los sueños: las campañas militares del rey Salmanassar III). Siglo IX a. C. Neoasiria

Caída de Mesopotamia

En el 704 a. C., el hijo de Sargón reconstruyó Nínive y la volvió a considerar su capital. Sennacherib levantó un nuevo Palacio Principal decorado con relieves grabados en roca, muchos de los cuales representaban victorias militares. Pero, más tarde, en el 614 a. C., Nínive cayó de nuevo en manos de los Medos y babilónicos (escitas y caldeos) después de tres meses de asedio Nahum, el profeta, nos describe sobre el desastre: “Restallido de látigo, estruendoso rodar de ruedas, galopar de caballos y rebotar de carros; jinetes enhiestos, espadas relampagueantes, lanzas fulgurantes. Muchedumbre de heridos, montones de cadáveres... Por doquier se tropieza con cadáveres” (JACQUETTA HAWKES, El hombre. Las culturas de la antigüedad, Aguilar, Madrid, 1982).

Texto y Fotos: Julia García Rafols - Experta en Historia del caballo

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