Formación


“EL ASIENTO PERFECTO” ¿Cómo lograrlo?


Al igual que a Van Gogh no le hizo falta dominar el dibujo para ser un gran pintor, en Doma Clásica no hace falta tener un asiento perfecto para ganar. Edward Gal o a Adelin­de Cornelissen son un ejemplo de esto, no tienen un asiento perfecto y sin embargo son estupendos jinetes. No obstante, podemos imaginar hasta dónde llegarían muchos jine­tes si se dedicaran a mejorar su asiento?


Hasta ahora no hemos tratado nunca la gran importancia de un asiento independiente y correcto. En general no se le suele prestar la debida atención. Adquirir un asiento correcto es una tarea larga en el tiempo y quizás aburrida, normalmente son horas y horas a la cuerda, de clases particulares, que son costosas y monótonas, horas de dar vueltas encima de un caballo tranquilo que nos permita centrarnos en aprender a equilibrar nuestro cuerpo encima del suyo en movimiento.

El asiento es lo más importante a la hora de montar, sin un asiento independiente no funcionará nada a caballo y lo que puede ser una diversión se convierte en un sufrimiento.

Un buen asiento a caballo, al menos en Doma Clásica, no consiste en lograr mantenerse sobre el dorso del caballo a toda costa y sin caerse. No. Es un hecho que son muchos los jinetes y amazonas profesionales que tienen un mal asiento, y, que sin embargo ganan concursos y medallas. No hace falta tener un buen asiento para ganar, pero cuando se trata de hacer que la Doma con nuestros caballos fluya y se vuelva fácil, sin tener que recurrir a elementos ajenos, a la dominación como último recurso, y cuando queremos que nuestro caballo se desarrolle y envejezca sano, tener un buen asiento es clave.

Un buen asiento es algo que reconoce el propio caballo. Frecuentemente vemos como cambia de actitud un caballo con tan solo cambiar de jinete, donde antes había apatía y movimientos rasos, de repente hay suspensión, y ello sin hacer prácticamente otra cosa que “caer bien a caballo”. Parece cosa de magia pero no lo es.

El asiento correcto o lo que viene a ser lo mismo, la correcta posición a caballo por parte del jinete es un concepto que ha variado con el tiempo. Si observamos fotografías antiguas de jinetes de Doma Clásica sobre sus monturas deducimos que el asiento ha ido poco a poco retrasando sus pantorrillas y adelantando el punto de gravedad. Sin embargo en las imágenes de la Guerniere se monta más largo y profundo. ¿De qué se trata entonces el asiento independiente?.

La posición a caballo varía con la constitución físi­ca del jinete. La conformación y proporción de torax, extremidades, caderas tiene como consecuencia un equilibrio natural distinto. En las pistas observamos a menudo las diferencias entre jinetes con piernas largas y jinetes con piernas cortas. A primera vista parece que los primeros tienen más facilidad para caer a caballo. Sin embargo, ésto, dentro de una normalidad, es una ventaja aparente. Isabell Werth, una amazona con un estupendo y equilibrado asiento, mide 1,68 cm y sus piernas no son tan estilizadas ni largas como por ejemplo las de nuestra amazona olímpica Beatriz Ferrer-Salat que bien puede medir 10 centímetros más. La clave está en haber encontrado el punto de equilibrio correcto, en el que por cierto las piernas ciertamente acaban a la altura del medio muslo.

Ahora bien para los jinetes que en lugar de montar con el peso, montan abundantemente con las piernas y con el torax, algo precisamente no inusual entre los jinetes profesionales, la estatura y su correlación entre las extremidades del cuerpo son un factor influyente a la hora de dar las ayudas. Unas piernas largas llegan muy bien con la espuela a los costados del caballo al tiempo que la pantorrilla abraza cuando no aprieta las costillas; un tronco alto crea una mayor palanca que uno corto al aplicar la espalda sobre la zona dorsolumbar del caballo, y así en muchos otros ejemplos más. Estas suelen corresponder a montas aguerridas, más firmes que, a pesar de los premios sucesivos en los cuadrilongos, poco tienen que ver con la llamada “gracilidad” del baile.

Recordemos una vez más que la Doma consiste, como en el baile, en convertir el es­fuerzo en gracia.